Evidentemente las pinzas de panificadora fueron inventadas por razones de higiene. Sería un grave problema de salud público si de la noche a la mañana todo mundo decidiera tomar el pan con los dedos. Pero de un tiempo para acá el país entero ha empezado a desconfiar de la higiene de las mentadas pinzas. Nada más real que la sabiduría popular. El zoológico bacteriológico que habita en la punta de cada uno de esos artefactos debe tener cualquier cantidad de barbaridades infecciosas. Tantas, que cuando le pregunté a Leticia a qué hora iba por el pan, me abofeteó porque juraba que yo la estaba tachando de puerca.
- Pero cuál puerca, primor del cielo, - le dije acelerando el paso para alcanzarla, - si lo único que quiero es aprovechar que sales para estar juntito de ti.
Mayormente indignada por mi aparente hipocresía, me soltó un rodillazo en la boca del estómago.
- Pero si son cosas que dice la gente, cariño del señor santo, - le dije con dificultad para respirar, - ¿a poco tú crees que las pinzas de la panificadora son una inmundicia?
Sin pudor alguno se quitó unos de sus zapatos de tacón puntiagudo, y me lo encajó en el cráneo a la altura de mi parietal derecho. Ella es zurda congénita.
- No te disgustes conmigo, capullo de todos mis anhelos, - le imploré al mismo tiempo que con un pedazo que me arranqué a la camisa trataba de contener la abundante hemorragia, - si yo sería incapaz de decir cualquier cosa que te lastimara.
No había terminado de hablar cuando ella sacó un desarmador de su bolso, que le había yo regalado cuando cumplimos una semana de novios, y me lo encajó en los testículos provocándome además una fractura conminuta en mi hueso sacro.
- Pero preciosidad del universo conocido, - le lloré restregándome por el pavimento, - si quieres podemos platicarlo con calma, ya que creo que se trata de un desafortunado malentendido.
Leticia me lanzó una mirada tal que me hizo retroceder, sin percatarme que me estaba aproximando a la avenida. Me tropecé con la banqueta y caí en plena calle, cuando pasó un tranvía que me cercenó la mano. ¿Hacia dónde habrá rodado mi reloj? Afortunadamente ella es zurda congénita, y cuento con ella para lo que se me ofrezca hacer con la siniestra.
La gangrena fue invadiéndome hasta llegar a mi hombro... Y claro que sería una falta de respeto, como bien me dice Leticia, tomar el pan con las pinzas – de por sí insalubres - y menos con la avanzada infección que me cargo en el muñón izquierdo.
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