
No todo en la vida es teatro. Sonó la campanita, señal inequívoca para la producción de saliva: la comida ya está lista. Hace hambre. Abro la portezuela y saco del microondas la comida completa correspondiente al jueves. Parece mentira: abres el empaque, agregas agua y los polvos que vienen en el sobrecito, y listo. Una de las ventajas de la modernidad es que existe toda una infraestructura para quien come sin compañía alguna. Buen provecho. Sonó el teléfono, señal inequívoca del enfriamiento automático de mi almuerzo. ¿Aló? “Habla Soledad, ¿te acuerdas de mi?” Puta madre, ¿cómo borrar de la memoria a quien por error le di mi número telefónico aquella vez, por no ser descortés o por pretender ser amable, no sé, qué diablos, y que hasta hace no mucho me había estado llamando a las tantas de la madrugada rogándome para salir juntos o tomarnos un café para conocernos o pidiéndome un consejo absurdamente mal planteado o un poco de cariño aunque sea? ¿Cómo borrar definitivamente de mi cabeza esa voz grave pero chirriante - ¿sí me explico? – que con el pretexto estúpido de “tu papá y mi mamá se conocen, son colegas de la Asociación” pretendía desprenderme alevosamente de mi huraña convivencia conmigo mismo?
Cómo olvidarte, le contesté. Dime. “Hablo para saludarte, porque tengo un monólogo que me gustaría que me dirigieras. Cuento con los derechos de la obra, con algún dinero para poder producirla – hay un empresario interesado en tenerla en su teatro para la próxima temporada - y mi absoluta disposición para que ahora sí trabajemos juntos.” ¿Qué pretende esta loca con la que no quiero estar al hacerme una proposición de esa naturaleza? Como toda persona dedicada al teatro no sé decir que no. Acepté, tras poner condiciones muy puntuales que me favorecieran (como hace toda persona que no se dedica al teatro). “Accedo dirigirte tu monólogo si a cambio posas para mí, desnuda, un número de sesiones equivalentes al número de ensayos que nos tome terminar de montarlo. A últimas fechas he estado aficionándome a un asunto donde no le tengo que rendir cuantas a nadie: la fotografía.” No me interesa tener ningún contacto de ningún tipo con esta chiflada que está para ser atada a la de ya, pero alguna ventaja debía sacar de mi “no saber decir que no”. Bien, pues tras un silencio roto por el sonido característico que hacen sus dedos contra su cabellera al rascarse, aceptó. Y como ella aceptó, yo acepté.
Ni ella había posado desnuda antes, ni yo soy el fotógrafo amateur que ostenté; pero he de confesar que como al cuarto ensayo que sostuvimos, que coincidió aritmética y casualmente con la cuarta sesión fotográfica, nos fuimos acostumbrando tanto yo a su desnudez como ella a mi presencia. Tanto yo a su actoralidad como ella a mis directrices. Ella buscaba nuevos ángulos que le hacían sentir dueña de sí conforme le tomaba más fotografías, y a mi me iba despertando los sentidos y destapando mi imaginación verla deslizándose por el escenario al decir esos textos.
Expuse mis - nuestras fotografías en el lobby del teatro donde estrenamos su – nuestro monólogo. La gente aprobaba con todo tipo de manifestaciones el agrado que le provocaba nuestro afortunadamente artístico encuentro multidisciplinario. Los aplausos nos alimentaban día con día, y la crítica nos escribió un altar a ocho columnas para que el público, nuestro público, nos rezara con devoción fotográficamente teatral. El reconocimiento general se quedó a dormir en nuestros corazones. Somos el orgullo de nuestros padres que, cuando iban en la secundaria, no se atrevieron a ser novios por el terror que les dio engendrar a dos hermanos que al crecer serían amantes con éxito. Nos enamoramos de inmediato al darnos permiso, un jueves, de sentir nuestras bocas juntas en un beso que evocamos cada que nos miramos tiernamente. El amor no es más que la unión de dos soledades.
Nos casamos, sí, pero no fuimos felices...
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