
Van seis veces que Luis Gerardo hace pipí en la última media hora. Y no era para menos pues hoy es el estreno. “¿Alguien sabe cómo se hace el nudo de la corbata de moño?”. El público no solo está allá afuera, sino que está allá afuera desde hace más de una hora. Hubo quien llegó a la sala de conciertos antes que el mismísimo Luis Gerardo. “¿Se le ofrece algo más?”. “Sí, que me digan si ya llegó el señor embajador, por favor”. Hay una densidad en el ambiente equiparable al agua de tamarindo sin revolver. “¿No sé si se le ofrezca un vasito con agua de tamarindo?”. “No, gracias. ¿Podría cerrar la puerta por fuera por favor?”. Los músculos de la espalda de Luis Gerardo están como rocas. “Ya llegó el masajista, ¿puede pasar?”. “No es necesario, estoy bien, gracias”. Las horas pasan, pero el tiempo parece haberse detenido. “¿No quisiera salir para que le dé un poco el sol?”. “Preferiría no, ahora no, gracias”. La hora de bajar las escalerillas que llevan al escenario ha llegado. Todos le abren paso al joven pianista. “¿Quiere que le cargue sus maletas hasta su habitación?”. “Ahora no, muy gentil, ¿pero qué maletas?” No podía faltar quien le deseara la mejor de las suertes a Luis Gerardo palmeándole la espalda. “¿Está usted interesado en comprar un tiempo compartido con nosotros?. “Ahora no, sabe, deje los folletos y yo los revisaré en otra ocasión. No, espere, ¿dónde está el escenario?”. “Es por aquí, bienvenido”. “Gracias”. Ahí está el público esperando con avidez. “¿Lo de costumbre, Campari?”. “No, Mussorgski”. “¿A qué habitación le anoto su consumo?”. “La Menor”. Un estruendoso aplauso no se hace esperar en cuanto Luis Gerardo pisa el escenario y se dirige directamente al bar del hotel. Ahí es atendido, como es costumbre del lugar, por el teclado frente a él y las partituras en el atril. “Tome asiento y en seguida le atiendo”. “Gracias, ¿puedo ir comenzando?”. “Por supuesto”.
Primer movimiento, ella se acerca. “¿Estudias o trabajas?”. “Ambas, soy pianista”. “Me gustas”. “Estoy a medio concierto, pero a mi también me gustas”. “¿En tu habitación o en la mía?”. “Hazme el amor sobre el teclado”. Segundo movimiento. “Aprovechemos el tiempo compartido, haz que se vayan todos los botones, que yo seré quien te atienda en la recepción”. Tercer movimiento, ella ya estaba casada. “¡Pero qué engaño, no se puede caer tan bajo!”. La sala de conciertos se caía a pedazos por el cerrado aplauso que arrancó la impecable ejecución de Luis Gerardo. El público no pudo haber recibido mayor muestra de talento y buena música aquella noche.
Ya sin la presión del estreno, ya en el camerino repleto de flores, ya con los reporteros ansiosos y la corbata de moño floja, el embajador se apersonó para estrechar la mano de Luis Gerardo. Se despojó del guante blanco que le cubría, y extendiéndosela le dijo; “Lo felicito en verdad. Nadie le había hecho el amor a mi mujer así, así como usted lo ha hecho esta noche”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario