
La luz del arbotante de la calle, y es cosa que todavía no descubro como es que sucede, da de tal manera en el tirol planchado de la pared de la cocina, que produce sombras caprichosas que hacen ver figuras extrañas. Un avión de hélices, la cabeza de un león, una carreta tirada por bueyes, el casco de Darth Vader, un rostro enojado, un trozo desnudo (se parece al de mi mujer, qué curioso), un príncipe a caballo, una margarita a medio deshojar.
“Ya sé, las figuras comenzaron a tomar vida y a jugar con los trastos de la cocina”, dijo el pequeño Braulio. “No m’hijo, eso sería imposible. Son solo sombras que se producen por la luz de afuera”.
“Ya sé, el león se escondió en la cacerola grande, porque él es muy grande, para atacar al príncipe y comérselo”, insistió el pequeño Braulio. “No m’hijo, un león no cabe en una cacerola”.
“Ya sé, pero el príncipe toma la margarita para defenderse del león malo y le arroja polvos mágicos para que se duerma”, siguió el pequeño Braulio. “No m’hijo, las margaritas sueltan polen, y el polen no es para dormir”.
“Pero el león se agachó y los polvos mágicos le cayeron a Darth Vader, que se quedó dormido sobre la carreta, y se lo tuvieron que llevar al hospital”, gritó el pequeño Braulio. “Bueno m’hijo, para comenzar Darth Vader es un personaje que...”.
“Y en el hospital, que estaba en la tostadora, lo curó un señor con cara de enojado, que juró ayudarle a Darth Vader en su venganza, utilizando su avión de hélices”. “Mira Braulio, no hay espacio en la cocina para que el avión despegue, y tampoco existe...”.
“Desde el avión el señor enojado y Darth Vader le aventaron caballos al príncipe, que lo aplastaron y lo mataron”, definió el pequeño Braulio. “Los príncipes son buenos, m’hijo, ¿porqué lo mataste?”
“Yo no lo maté, fueron Darth Vader y el señor enojado. Además querían atacar al león, que por cierto, ¿dónde está?”, concluyó el pequeño Braulio.
Al hacer el peritaje y la reconstrucción de los hechos, los del Ministerio Público me llevaron a la delegación en calidad de detenido en lo que se hacían las averiguaciones previas. El pequeño Braulio se tuvo que quedar en casa de su abuela en lo que conseguía yo un abogado. El abogado renunció al caso en cuanto le dije que había sido el pequeño Braulio el autor de todo esto. Me tachó de cobarde y mal padre. La reina y el rey fueron a levantar un acta acusándome de asesinato con las tres agravantes de su hijo, el príncipe muerto. Al hablarles de que todo aconteció porque el ataque era para el león y no para Darth Vader, que todo era una desafortunada confusión, me sentenciaron a morir aplastado arrojándome caballos. Hasta se me ocurrió tomar una margarita y aventarles polvos mágicos para hacerlos dormir, pero las margaritas solo arrojan polen (en eso sí tenía yo razón). Lo cual me hizo pensar que Darth Vader fingió estar dormido, y por eso ya tenía planeado el atentado, y lo único que le hacía falta era convencer al señor enojado y llevar a cabo su venganza. Necesitaba urgentemente pruebas y testigos. Tuve que escapar de la delegación en la carreta tirada por bueyes, e ir en busca del león, quien seguramente daría una versión de los hecho acorde con la realidad, y testificaría a mi favor. Encontré al león dentro de la cacerola grande (no se había movido de ahí porque en el fondo era un cobarde), y le pedí que me acompañara. Sonó el teléfono. Contesté. Era Darth Vader, quien tenía prisionero al pequeño Braulio en casa de la abuela, la cual estaba amarrada a una silla que yo le regalé en Navidad. Me pidió un avión de hélices para huir a Nairobi, y garantías de seguridad para él y el señor enojado, o de lo contrario le aventaría un caballo a la abuela y otro al pequeño Braulio para que murieran aplastados. Colgué, y el león y yo nos subimos a la carreta tirada por bueyes para ir a casa de la abuela e impedir tal braulicidio. Al salir tan intempestivamente de mi casa, no nos fijamos que golpeamos el arbotante de la esquina con una de las ruedas de la carreta tirada por bueyes (nunca aprendí a manejar esas cosas), y lo tiramos. La luz del arbotante se apagó, y tanto la carreta tirada por bueyes, como el león, el príncipe muerto, Darth Vader, el señor enojado, el avión de hélices, y la margarita desaparecieron.
Solamente quedó el torso desnudo aquel, que es de mi mujer, quien abrazándome cariñosamente en la cama de nuestra recámara, me pasó una margarita por el rostro, para que yo pudiera dormir.
“¿Y Braulio?”, pregunté. “En casa de la abuela. Se va a quedar a dormir allá con ella porque quiere mostrarle una silla que le trae muchos recuerdos, y que quiere regalarle en Navidad.”










