miércoles, 25 de noviembre de 2009

PAJARITO


- Se los juro, miembros del Jurado. Abreviemos de una maldita vez esta masacre jurídica y penal contra mi persona para así irnos a cenar a nuestras casas temprano, ¿les parece? Les digo que sé perfectamente el tipo de aseveración que estoy afirmando, ya me cansé de repetírselos. Pero créanme que no estoy echando mano de otra cosa sino de la verdad. De mi boca hoy solamente ha salido la verdad; es lo único que me interesa exponerles aquí. Sé que no es de lo más agradable tener la sensación que seguramente ustedes experimentan, y en ese sentido comprendo el motivo que les hace tener las expresiones que tiene sus caras ahora al escuchar esto, pero así sucedieron los hechos. Así como les digo. Tengo la verdad jugando de mi lado y mi conciencia está tranquila. No soy ningún cómplice de este artero crimen que hoy se investiga, ni pretendo desviar mis intenciones de llevar una vida tranquila y inclinada hacia la paz que siento conmigo y con mis semejantes. Llevar mis pasos hacia los caminos de los homicidios en quién sabe qué grados y esas cosas que me quitan el sueño, más los miles de problemas que de por sí la vida cotidiana se ha encargado de ponerme enfrente, es cosa que no me interesa. Pero, ¿qué hago, si no es más que la verdad, y nada más que la verdad, cuando les digo que conozco santo y seña del asesino de este crimen porque me lo dijo un pajarito? Y antes de que suelten una vez más la carcajada, permítanme repetírselos una vez más, las veces que sean necesarias, para que aprecien mis ojos detenidamente – los ojos no mienten, bien decía Don Gervasio – para que puedan observar a través de ellos que efectivamente tal información llegó a mis oídos porque me la dijo un pajarito. Un pajarito, miembros del Jurado. Sí, de esos pajaritos que uno ve en las plazas y que ni siquiera repara en ellos por tratarse de pajaritos comunes y corrientes. De esos chiquitos, con sus alitas, y su piquito, y que no hacen más que comer migas de pan que les arrojan los ancianos – como Don Gervasio, por ejemplo – todos los domingos. A esos me refiero. Como ese que está ahí. Y no me vayan a tomar por favor como un ignorante que no conoce de dónde viene el dicharacho popular ese, que hace alusión a proteger la identidad de alguien a quien no se quiere delatar, ya sea por lo incómodo de cierta situación quizá, o por simple pudor de quien suelta equis información, que no quiere evidenciar a su informante. Si sé perfectamente de lo que hablo. No sé ni cuantas veces yo mismo he usado tal expresión, incluso. Pero esta vez, la uso en su sentido literal, y no quiero proteger la identidad de nadie. Muy por el contrario: soy de la opinión que el asesino debe purgar la condena que corresponde a alguien que le ha quitado la vida a Don Gervasio – que Dios tenga en su santa gloria. Y aquí es donde quiero que me pongan mucha atención, porque la cosa no acaba aquí. Porque podrían preguntarme, y con razón, ¿y qué orilló al pajarito a decirme quién mató al pobre de Don Gervasio? ¿Por qué me lo dijo precisamente a mi? ¿Qué ganaba el pajarito con decírmelo? Y la respuesta es muy sencilla: descargar su alma. ¿Se pueden imaginar ustedes lo que es cargar con la culpa que debe suponer guardar tal información. La culpa, que como sabemos, carcome inmisericorde, como los orines al pavimento, cualquier conciencia, por cimentada que esté. Yo me pongo un poco en los zapatos de ese pajarito, en los zapatitos mejor dicho, y no debe ser nada agradable seguramente saberse cargador de semejante culpa sobre esos hombros tan diminutos. Ya me imagino. Mucho peso para un cuerpo tan minúsculo. Pese a ello, las leyes son las leyes, eso sí, y deben cumplirse. Sobre todo tratándose de Don Gervasio; a quien se le quería demasiado en este condado, y se le recordará por siempre como el viejecillo inocente aquel que le daba de comer a los pajarillos en las plazuelas, sin hacerle daño a nadie. Y lo siento por el pajarito, pero la verdad nos hará libres. El pajarito ese que está ahí, mirándonos, es el asesino. Él mismo me lo dijo. Miembros del Jurado, encarcelad al homicida. Debe pagar por su acto artero y cobarde. Y que se reintegre a la sociedad hasta que haya purgado su condena. He dicho.
Veinticinco años después, suena el teléfono. Contesto, y una voz bastante familiar me dice: “¿Me reconoces? Acabo de salir de prisión. He pagado ya mi deuda con la sociedad por el homicidio en tercer grado que cometí. Aún así no me arrepiento: Don Gervasio era una pesadilla con su sola presencia, y sus migas de pan, y su soledad, y su irritante amabilidad. Solamente quiero que sepas que el peor delito que se puede cometer es la traición. Date por muerto”. Y cuelga...

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