
“Eres muy...”, fue lo único que todavía alcancé a gritarle a la casi enana señora aquella, antes de que volara un extremo de su rebozo ennegrecido, cruzando su pecho de abajo para arriba y de derecha a izquierda, al tiempo que alzaba la barbilla para darle espacio a su trayecto antes de caer, como caen los desaparecidos, sobre su hombro siniestro. No perdí el tiempo en preguntarme una y seis veces cómo fue que dio con mi domicilio esa cualquiera - ya que apremiaba más lo otro, lo importante - pero sí que me detuve a cuestionarme, a darle vueltas para ver todos los ángulos, cuál había sido el motivo por el cuál yo era la depositaria de tan envidiable noticia. Intenté seguirla hasta la calle, bajando las escaleras de tres en tres, pero la muy invisible tomó el autobús que suele pasar a esa hora frente a mi domicilio, y desapareció como lo hacen las que dan noticias así. ¿Pero por qué la seguiste hasta la puerta?, me pregunto dos décadas después mi hermana María Violeta, en una Navidad de tantas; a quién le contesté con un inexplicablemente gélido “me sirves más cordero, por favor”, y vaya que no se volvió a tocar el tema nunca más sino hasta que, dos décadas después, la diminuta mujer del rebozo oscuro se llevó a mi hermana María Violeta sin decir nada. Que porque ya le tocaba, que por que ya era tiempo, que porque a todos nos va a tocar tarde que temprano, que porque con un cáncer así cómo se nos ocurría que no. “Morirás un día tú también”, fue lo que entre dientes se me desparramó. Seguí a la casi diminuta señora hasta la entrada de mi domicilio impulsado por tantas películas que he visto donde así es que sucede (y que está bien hecho así). No me tortures con preguntas que no te sé responder. Lo que sí quiero que sepas es lo que la muy sotaca y desaliñada me confesó aquel día: la fecha de tu muerte. ¡No me mires con esos ojos de “me dan ganas de matarte” que no me están pareciendo nada cómodos! Si yo tengo un libro tuyo, o una revista, no sé, o algún suéter para el frío que es más canijo cuando la compacta mujer ronda, o un disco compacto que me hayas tú prestado – buen ejemplo me ha venido a la mente ahora - decente es que te lo devuelva, ya que es tuyo. Y, perdón, pero la fecha de tú muerte es tuya, no mía. ¿Para qué la quiero yo? Solamente me hace bulto entre todas mis cosas. Me pareció lo más adecuado dártela, para que tú la tengas, para que tú la guardes y la archives donde mejor luzca en tú casa o la coloques donde esté a mejor resguardo, tú decide. Mira, te veo llorar mucho, así que me retiro, ¿eh? Tú tranquilo, descansa en paz, asimílalo con calma, vete haciendo a la idea ya que nada hay más chocante que la gente evasiva, y lávate bien los dientes, que un muerto con mal aliento si que apesta. Tómate un té de esos que solo las abuelas saben para qué sirven, tápate que ya está bajando la temperatura, y prende la tele que para eso está. Te veo más después, ¿sí?
Siempre le he guardado un rencor rancio a esa anciana - ni que fuera tan alta. Ahora que me reúno contigo, hermana querida, y contigo, querido amigo del alma – mira cómo has cambiado, cabrón – les confieso que a mi nunca me concedieron esa dicha que a ustedes sí. Yo tuve que surcar con angustia esta vida, con la posibilidad permanente sobre los hombros de saber que quizá hoy, pero quizá no, me podría morir sin decir agua va. Esperando a la enjuta vieja chaparra, preparando su llegada, y sin esa fecha, ese ultimátum que, pienso, me hubiera dado la entereza que yo busqué siempre para vivir con plenitud...
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