miércoles, 25 de noviembre de 2009

PIE


Hoy leí en el periódico una noticia terrible: este martes van a demoler el “Café Los Pobladores” y a construir en su lugar un estacionamiento. Si la compañía demoledora supiera que más que borrar del mapa al sitio donde se preparaba el mejor café vienés de la ciudad, estaban por destruir uno de los lugares que me traen mis dos peores recuerdos que tengo del año antepasado. Primero, ahí fue donde me di cuenta que no he viajado por el mundo todo lo que me hubiera gustado. Y segundo, ahí en ese “Café Los Pobladores”, en cierta ocasión, olvidé mi pie derecho en una de las mesas. Y no hay que darle muchas vueltas al asunto, simplemente así fue, se me olvidó llevármelo.
Cuando me percaté de mi desafortunado olvido, obviamente regresé al “Café Los Pobladores” para preguntar por mi pie. “No, fíjese. Yo me acuerdo que estaba usted ahí sentado efectivamente, pero al recoger la mesa no vi nada. A lo mejor se lo llevaron los señores que se sentaron ahí después de que usted se fue. Ellos trabajan no muy lejos de aquí, en McGregor & McRogers”.
Salí corriendo del “Café Los Pobladores”, y me dirigí a las oficinas de McGregor & McRogers. Pero no fue así, ya que correr era tarea más que imposible. Al cruzar la calle me di cuenta de lo altas que son las banquetas en esta ciudad. Llegando a McGregor & McRogers, pujante empresa con el elevador descompuesto, subí por las escaleras los tres pisos más grandes de mi vida. En el tercer piso había un pasillo a la derecha y un pasillo a la izquierda. Recuerdo lo tedioso que fue esperar a que alguien pasara por ahí para preguntarle por la oficina exacta que estaba yo buscando, y así no caminar de balde. Ya que hube obtenido esa información, atravesé el largo pasillo, donde lo encontré ningún asiento donde descansar. Nótese que recorrer la distancia que existe entre “Café Los Pobladores” y el punto donde me encontraba era como para cansar a cualquiera.
“Disculpe, ¿es de usted este pie derecho?”, oí que susurraba una vocecita. “Sí, es mío”, le contesté a una señorita bajita entre jadeos de emoción y cansancio. “Pues a nombre de McGregor & McRogers le doy las gracias por su cooperación, ya que este pie nos es de gran utilidad aquí. Sería un error para este pequeña empresa devolvérselo. Pero le estamos eternamente agradecidos”.
Mi pie cumplía las funciones de un pisapapeles talla ocho, que impedía que las facturas por cobrar de McGregor & McRogers salieran volando por los aires, porque era asfixiante para los empleados de contabilidad trabajar con las ventanas cerradas, ya que reducía su rendimiento laboral en un veintisiete por ciento mensual a causa del aire no circulante, lo cual causa en McGregor & McRogers una derrama económica tal, que los directivos tomaron la determinación, en sesión extraordinaria, de sanear las cuentas de la empresa empleando para ello todos los recursos disponibles.
El “Café Los Pobladores” fue demolido. El estacionamiento para el cada vez mayor número de empleados de McGregor & McRogers funciona regularmente. Y yo tengo la fortuna de contar con descuentos en la compra de boletos de avión por mi condición de cojo, para ir por ejemplo hasta Viena y así degustar del café vienes que allá les sale tan bien.

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