
No debe ser tan difícil: es cuestión de subirse a la tablita perfectamente asegurada a las cuerdas que penden del edificio para jalar de ellas y comenzar a ascender. Un buen juego de poleas es más que fundamental, eso salta a la vista. Sentado ahí es como si el hombre araña fuera una historieta producto de los efectos de algún estimulante líquido: esto es vértigo de verdad, y no lo que me habían contado. Comienzo hoy mismo, y lo sé porque voy a estrenar uniforme de pintor de brocha gorda: es para no manchar mi ropa habitual de desempleado. Los anunciantes no pagaron a tiempo, y el contrato es terminante: a cubrirlo de blanco, a no estar más en exhibición. A mi costado derecho una cubeta con pintura, y a mi izquierda otra cubeta con trapos, brochas y una Coca Cola. La tarea sería un juego de niños si yo pudiera subir a pintar de blanco ese cartel desde el último piso del edificio en cuestión a la parte alta del anuncio por cubrir. Pero como se trata de oficinas de empresas muy importantes lo que alberga el edificio en cuestión, el departamento de seguridad me ha prohibido el acceso al techo del inmueble, por lo que debo subir a hacer lo propio desde la planta baja del edificio en cuestión hasta el piso treinta y dos, la azotea, y de ahí subir la altura de lo que viene a ser el cartel propiamente. Son muchos metros en total, pero las cuerdas se ven de un grosor que tranquiliza, y la tablita es algo más ancha que la silla en donde me sentaba en mi anterior empleo: corrector de estilo en un periódico. Es imposible caerse; y si me caigo por lo menos no perderé el estilo. Subo a puro brazo, como buen desempleado que ha dejado de serlo hasta hace unos instantes, y a cada piso las distintas escenas que veo se me revelan como quien cambia de canal a la televisión. Se aprecian perfectamente las salas de juntas. Llama la atención la cantidad de gente que hace el amor en sus oficinas. Secretarias huyendo de sus jefes importantes, intentando sujetar sin conseguirlo sus sostenes negros; jefes importantes huyendo de las empleadas de intendencia, subiéndose los pantalones a cada paso; las empleadas de intendencia huyendo de los del departamento de contabilidad, a quienes se les conoce en el departamento de estadística por lo pornográfico de sus procedimientos de aseo; los del departamento de contabilidad a su vez huyendo de las secretarias, de quienes es de todos sabido que gustan de hacerlo en el elevador, mientras el elevadorista les saca video, para ser transmitido en las fiestas de fin de año. Todos corriendo y gritando, sin corbatas y con los trajes sastre hechos bolas a la altura de las rodillas. Corren y se esconden entre los archiveros o debajo de los escritorios, no por no querer participar de este intercambio de caricias que provoca que yo empañe los vidrios del edificio en cuestión por fuera, con mis jadeos a la alza, sino para darle movimiento y fluctuación a esta empresa en donde todo es desarrollo y crecimiento. La variedad de posiciones y el número exagerado de maneras en que dos o más personas encuentren sus cuerpos desnudos me hace sentir un abultamiento creciente debajo de mis pantalones que estoy estrenando, exactamente a la distancia media entre la cubeta con pintura y la de las brochas. Nada erotiza más que una importante empresa, sólida y pujante. Yo, como el chinito, sigo mi camino hacia la cúspide, valiéndome de mis manos, jalando la cuerda (y no quise ser metafórico). Cuán caliente me habré puesto que me bebí la Coca Cola de un solo trago al llegar a mi destino. Con la lengua de fuera y bañado en sudor ardiente, contemplo el cartel de quienes no pagaron a tiempo este anuncio que espera ser borrado. Una escultural mujer anunciando quién sabe qué, con apenas las prensas necesarias para cubrir su torneado cuerpecito, conforma el espectacular. Es más hermosa que la brisa que sopla en ese momento en las alturas de esta cuidad inconmensurable. La mujer del anuncio me guiña el ojo, y sin pensarlo dos veces entiendo el mensaje. La mujer del anuncio me sonríe, sabe cómo hacerlo, y sería yo un tonto para no entender que lo que me está diciendo está modelo tamaño mega grandote es que no la deje sola en esta empresa donde el sexo y la cachondería son el pan nuestro de cada día. “No, reina mía de las flores, capullito de lencería, no estás sola en estas alturas. Para eso fui contratado en este empleo, mi bien”. Y como me da algún pudor platicarles mi vida sexual, simplemente les diré que nunca en mi vida yo había sido tan eficiente con la brocha al cubrir algo de blanco. Vaya primer día de trabajo, qué solvencia, qué colorido. Mi historia con la modelo tamaño mega grandote me hizo encontrar mi verdadera vocación. Al día siguiente presenté mi historia al jefe de redacción de los que hacen la historieta del hombre araña, y tras leerla, con un rictus en el ceño que no me gustó nada, recibí solamente un “esto solamente puede ser producto de los efectos de algún estimulante líquido”.
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