miércoles, 25 de noviembre de 2009

HIELO


Nunca Martín había tenido tan mala suerte como ese día. El hielo estaba muy grueso y no se podía cazar ni siquiera una foca. La noche estaba a punto de hacerse presente y no habría qué cocinar para la cena si no atrapada algo pronto para su esposa y para él. Por supuesto que la cacería de focas está restringida en esta época del año, pero cuando el hambre apremia, las leyes que intentan conservar las especies animales estorban. Pero Martín seguía ahí sentado sobre ese gran trozo de hielo esperando que apareciera alguna foca, o peces grandes y gordos que también solían nadar en esas aguas. Ello sucedía, sin percatarse Martín de que se encontraba en un cubo de hielo que flotaba caprichosamente sobre un mar de vodka tonic en el vaso de Esteban. Esteban mismo fue quien decidió que era buen momento para que todos los presentes en la fiesta de cumpleaños, alzaran juntos sus copas para brindar por Mireya, que hoy cumple quince años. “Como orgulloso padre de esta criatura, – dijo sonriéndole a todos los invitados – que más que criatura ya la veo como un sol que no ha hecho más que iluminarnos el día, brindo por mi hija y sus felices quince primaveras. Acércate Mireya para que nos tomen una foto”. ¡Clic! “Parece que fue ayer – dijo Heberto sosteniendo aquella fotografía enmarcada y recargada en la repisa de la chimenea – cuando en aquella fiesta de quince años nos reunimos toda la familia por última vez”. Y es que desde aquella fecha hasta hoy, treinta años después, todos empezaron a enfermar y a morir paulatinamente. Esteban pasó a mejor vida en la misma época cuando su hija hizo aquel viaje para no volver. Pero quien hubiera sido capaz de impedir ese matrimonio lleno de amor y ganas de ser felices. Heberto guardó esa foto enmarcada ahí, en la última caja que faltaba por embalar para así haber terminado de empacar todo para poder mudarse a Montevideo. La mudanza se llevó todo para allá. Excelente servicio, sin lugar a dudas. En Montevideo Heberto encontró rápidamente trabajo en una agencia de viajes. Gustaba mucho, en sus ratos libres, de imaginar travesías en donde él iba a los lugares que sus clientes le solicitaban. Le divertía inventar que viajaba por otros parajes, por otras latitudes. En uno de esos viajes llegó hasta el sur de Francia, donde conoció a Don Giusseppe, quien sentado en un café de esos que dan a la calle, le contó a Heberto el caso de un tal Raúl, cordobés de nacimiento, y un muy buen bailarín de tap. Raúl, para salir de unas deudas que tenía, estaba vendiendo unas litografías que había heredado de una tía abuela suya a la cual nunca quiso ver ni en litografía. Logró vendérselas a un anticuario medio sordo, que a su vez las malbarató en una subasta clandestina. Ahí fue donde el anticuario conoció a Sandra. Sandra, que para infortunio suyo y de sus alumnos de la Facultad de Química, ya que las clases que impartía cada día dejaban mucho más qué desear, se encontraba muy deprimida en aquella época porque su hermano Martín, al casarse con una tal Mireya, se había ido a pasar hambre y miseria a un lugar muy frió y lejano. Y siempre llevaba en su bolso una fotografía pequeña donde se veía claramente a la feliz pareja, con aquel paisaje helado como fondo, y con un niño en brazos, que por cierto se parecía muchísimo a Esteban, quien murió instantáneamente al enterarse que Raúl el cordobés ya no bailaría tap nunca más.

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