
Antes de que me secuestraran, no tenía idea de lo mucho que mi boca me sería útil. Y todo fue tan de esperarse, tan sin sorpresa alguna. Tres tipos armados hasta los dientes me bajaron de mi coche a empujones, me subieron al asiento trasero de un auto grande y negro, y me amenazaron con matarme si abría yo la boca. Me cubrieron con una chamarra que olía al mismo enjuague bucal que usan unos a los que todavía les debo, y me amarraron con cinta canela. ¿Secuestro express, como el café? No, me dijeron que más bien se trataba de un secuestro cortado, ya que me iban a amputar de a poquito cada vez que no se cumplieran sus demandas.
Le llamaron por teléfono a la mujer que amo. Ella contestó preocupada porque la cena ya estaba fría, pero se quedó mas fría todavía cuando oyó que le pedían una cantidad estratosférica de dinero por mi rescate. De no ser así, me cortarían un dedo para enviárselo por paquetería certificada. La mujer que amo les dijo que no teníamos esa cantidad tan enorme, ni manera de conseguirla. Diecinueve amenazas después, ya sin ningún dedo del cual echar mano, continuaron con los envíos cortándome las manos. Luego continuaron con mis brazos, empezando de afuera hacia adentro, y con mis pies y mis piernas, de abajo hacia arriba. Hasta eso, eran consecuentes los hijos de puta. La mujer que amo recibía paquetería certificada tan seguido que mejor contrató un apartado postal en las oficinas de correos, porque tanta sangre ya era imposible para quitar de la alfombra, y no teníamos ni para contratar a alguien que la limpiara.
Así pasó el tiempo, y me corrieron del trabajo por exceso de ausentismo. Ya sin extremidades superiores ni inferiores, los tres secuestradores se negaban a creer que mi mujer y yo de verdad no teníamos nada más que nuestro amor. “Pero nosotros – decían, y estocolmamente los entiendo – no queremos amor, queremos dinero. Salga a pedir limosna, o robe, pero consiga algo de dinero, por favor”.
“Pero señores, lo único que tenemos es nuestro amor”, y mi mujer recibía una nalga mía muy bien envuelta. “No tenemos nada más de valor”, y llegaba a la casa un paquete con mi hombro. “Piensen en nosotros, que nada malo les hemos hecho”, y le mandaban mi costillar izquierdo. “No pueden estar tan llenos de odio y rencor”, y mi espalda completita arribaba a casa con un sello de urgente.
Así siguieron con mi panza. Luego con mi torso, mis lonjas, y el pobrecito de mi ombligo. No tardaron en ir por mi cadera, luego mi pubis enviado en dos partes por aquello del sadismo. Mi cuello, mi mandíbula, mi nariz con todo y tabique desviado, y mi nuca que por cierto conocí ese día. Mis ojos que se han de comer los gusanos, mi frente, mi coronilla, las dos orejas y el rabo.
Hartos ya de tanto cercenar, los secuestradores me devolvieron a la mujer que amo justo el día de nuestro aniversario. Solo me queda la boca, que ahora soy yo mismo. Pero no todo estaba perdido. Aunque a veces pierda la entereza, o llegue a casa hecho pedazos, sé que cuento con mi boca, y así poder seguir besando a la mujer que amo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario